Noruega es el primer país del mundo que anuncia una restricción casi total al uso de Inteligencia Artificial Generativa (GenAI) en la escuela primaria.

En los primeros años de secundaria, el uso podrá aparecer de manera cautelosa y bajo supervisión docente; en secundaria superior, en cambio, se espera que los estudiantes aprendan a utilizar GenAI con responsabilidad, pensando en la universidad y el trabajo.

La medida llega después de una caída en resultados educativos, de la prohibición de smartphones en las aulas y de un giro hacia más libros físicos y menos tabletas. El ministro de educación noruego afirma que antes que aprender a pedirle respuestas a una máquina, los niños deben aprender a leer, escribir, calcular y pensar.

En definitiva, sostienen que un humano en temprana etapa de formación necesita comprender lo que el mundo tiene para decir -y poder dialogar con él- en forma directa, sin que nadie se lo traduzca. Es el problema del traductor universal.

El traductor universal

Todavía recuerdo cuando entré por primera vez a una imprenta. Funcionaba dentro de una casa de techo a dos aguas, en una callecita de barrio, en las afueras de Buenos Aires. El perfume del metal iba bien con el de las tintas y los papeles, y las maderas de anaqueles que sostenían pilas de cuadernos, anotadores, libros.

Ver en movimiento esos martillos mecánicos, de golpe acompasado, me resultó fascinante.

Para mí, esa reproducción no era muy distinta de la escritura manual, salvo por la capacidad de crear una serie, es decir, muchas unidades iguales de un mismo contenido.

El método era analógico, y yo aún no me había enterado de que esa máquina definía la Era en la que me tocó nacer.

Con el tiempo, supe que Walter Benjamin se había preocupado por la capacidad de reproducción técnica en el siglo pasado. El filósofo alemán explicó muy bien que esa cosa nueva, la serie, modificaba la relación del Ser Humano con la obra de arte porque erosionaba su aura: esa presencia única, irrepetible, situada, que vinculaba a un cuerpo que mira con un objeto que está ahí y condensa el sentido en un signo único.

Volví alguna vez a aquella imprenta, y verifiqué que su sistema conservaba una relación física con la materia. Era técnica, sí. Era mecánica. Pero no parecía falsa, aunque su existencia indicaba que ya habíamos encontrado una manera de producir cultura sin necesidad de la mano humana.

La Era que vivimos hoy está signada por una nueva imprenta: la GenAI. Nicholas Negroponte relata muy bien cómo iniciamos nuestro camino hacia ella, al definir el paso de lo analógico a lo digital, o de átomos a bits.

Textos, imágenes, sonidos, cálculos, mapas, recuerdos y vínculos pudieron traducirse a ceros y unos. Cuando hicimos eso, interpusimos entre el Ser Humano y la realidad un traductor universal, una mediación que incluso interviene cuando pensamos en nosotros mismos: el código de programación.

Empezó siendo estático, tosco, predecible. Pero nos permitió manipularlo, mejorarlo, y que los programas comenzaran a aprender. Denominamos aprender a toda acción que surge de cierta autonomía del sistema -ninguna máquina mecánica aprende nada.

Gracias a esa traducción, conocida como procesamiento de información, construimos sistemas capaces de escribir, programar, simular, clasificar, conversar y crear imágenes sintéticas.

Benjamin se hubiera vuelto loco de sólo pensarlo.

¿Humano o artificial?

Una y otra vez intentamos asir lo humano, detectarlo, definirlo. Pues bien, sobre la faz de la Tierra, nadie más que el Ser Humano puede crear máquinas, y tampoco entidades artificiales. Así que, aunque los programas de computación nos alejan mucho más de la experiencia directa del mundo que la imprenta, siguen siendo humanos; paradójicamente, únicamente, humanos.

Pero entonces Noruega viene y nos dice que está bien, que eso no se discute, pero que no es lo mismo un niño que un adulto. Y es probable que tengan razón.

Según los pedagogos, los humanos no aprendemos como las máquinas. Especialmente en la infancia, cuando todavía no incorporamos la habilidad de leer y escribir, aprendemos con el cuerpo, en relación con otros cuerpos, en un espacio físico compartido, con olores, sabores y texturas, reconociendo miradas de otro adulto.

Pero los dispositivos inteligentes con los que accedemos a la GenAI, privilegian la vista y, en menor medida, el oído, mientras debilitan y reducen por exclusión al olfato, el tacto y el gusto por los que nos conectamos físicamente con el mundo. En las pantallas tenemos representaciones incluso de notros mismos, pero son, vistas desde nuestro aparato cognitivo, muy pobres.

Siguiendo a Heidegger, habitar el mundo es la experiencia fundamental del Sujeto. Y sólo es posible ese habitar con el cuerpo, que las interfaces digitales recortan.

De allí la precaución noruega, que podría entenderse como el cuidado por preservarnos una oportunidad única de habitar y Ser el mundo, en la infancia, sin ninguna mediación artificial, para formar Sujetos lo más completos y realizados posible. Si acaso formamos un Sujeto libre -vaya paradoja- luego tomará la decisión de usar las herramientas que considere apropiadas.

¿Pero qué pasaría si ni siquiera tiene la oportunidad de experimentar el mundo directamente al menos una vez?

Según Charles Peirce, hay formas de conocer que dependen del indicio: la huella, el rastro, el contacto, la señal física de que algo estuvo ahí. Muchas culturas que no pretendían formalizar sus conocimientos porque eso significaba separarse de la Naturaleza, sabían leer el clima, la tierra, los animales, los gestos, los silencios, los olores.

De niños, es posible que nos parezcamos a esos lugareños de antaño, que conocían de forma intuitiva su entorno, pero no lo simbolizaban -no creaban mapas porque no los necesitaban. Con el GPS nosotros vamos casi a cualquier parte del mundo, pero dependemos de esa interfaz que nos traduce el territorio.

Los símbolos que la GenAI lee y recrea funcionan porque se reúnen en un código, es decir, una lista de signos cuyo significado acordamos en que resulta válido para la cultura que habitamos.

Cada idioma es un código, la música es otro, los números lo son, y los lenguajes de programación también. Nos sirven para expresar la realidad y que otro pueda conocerla sin experimentarla.

En ese sentido, la GenAI es el código de códigos, porque es capaz de comprender todos los sistemas mencionados, más todos los demás que son accesibles vía digital, además de que puede inventar nuevos.

Su potencia es apabullante, y cuando un adulto bien formado accede a ella sus posibilidades se expanden.

Ahora bien, es un artefacto demasiado complejo, poderoso, abstracto, para ponerlo en manos de un niño. La niñez es el momento en que se forma la relación primaria entre cuerpo, alma, lenguaje, imaginación, mundo y pares.

¿Podríamos usar GenAI en la escuela primaria, pero con puntillosa asistencia del docente?

Parece poco posible, no ya por las limitaciones de la tecnología, sino por el problema de las instituciones.

En casa, cuando con mi hija de 11 años nos sentamos a hacer la tarea, muchas veces pedimos a una GenAI que nos ayude. La cantidad y calidad de explicaciones sobre matemática que nos ofrece es extraordinaria, pero es mi presencia como adulto responsable, junto con mis intervenciones, lo que permite la triangulación correcta: en el living, mi hija como alumna encuentra en mí un referente similar, para el caso, a su maestra, cuyo rol es el de autoridad responsable.

Como padre, yo autorizo el uso de la GenAI, enseño a usarla y a desconfiar de sus respuestas, matizarlas, compararlas con otras fuentes y alternativas. No me saco el problema de encima, sino que redoblo mi participación.

En casa, la GenAI se usa para tareas específicas, y el criterio que prima es el mío, que deja paso al de mi hija, a quien ayudo a construir pensamiento crítico frente a toda respuesta. Es difícil replicar eso con más de 5 niños.

Si Noruega llegó a la conclusión de que debía prohibir la GenAI en el aula porque sus escuelas estaban inundadas, vale también considerar que nadie puede prohibir dicho uso en los hogares, donde la supervisión humana y afectiva hace toda la diferencia.

Y también cabe analizar si acaso allí, como en toda otra sociedad, cuando los niños llegan a casa, hay al menos un Otro que, con afecto, acompaña al niño en su aprendizaje. La estadística actual señala que no, que la autonomía infantil en países desarrollados deja mucho espacio para que este traductor universal les hable al oído a nuestros hijos.